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Foto: Telemundo Chicago

Los niños y el acoso sexual

Cuando los niños aprenden a acosar 

Mary Eliana García

Publicado: 2014-06-21

Ella solo atinó a reírse nerviosamente al ver como ese niño de 9 años intentó besarla en los labios. No pudo hacer nada porque estaban en vivo y todos celebraban la “hazaña” de pequeño aprendiz de galán. El pequeño imitador sonreía con el pecho inflado porque puso en aprietos a una de las mujeres más guapas de la farándula.  

Mientras veía esa escena, recordé al hermano menor de un amigo de infancia. El padre, un macho orgulloso por tener 5 hijos con diferentes mujeres, entrenaba al más pequeño, de tan solo 4 años, en el “arte” de ser mujeriego. El niño aprovechaba su pequeño tamaño para agarrarles las piernas a las amigas de su hermana; como era un niñito, ellas solo atinaban a reír, mientras el padre felicitaba la travesura: “Ese es mi cachorro”.

A los 8 años ya no eran las piernas. Cada vez que saludaba, abrazaba a las chicas con fuerza y ponía la cabeza entre sus senos. “Ay, mira, qué cariñoso es mi hijo”, les decía el padre a las nerviosas muchachas, quienes seguían con la sonrisa incómoda mientras el menor las apretaba con más fuerza, sin que ellas pudieran separarse del niño lapa.

Dejé de verlos algún tiempo. El niño ya tenía 15 años y era el bacán del salón, piropeaba a diestra y siniestra, las abrazaba a la fuerza. Se creía el dueño de ellas, por supuesto, con la ovación de su padre, el Lisandro Meza de San Borja. Si una chica lo ponía en su sitio, él la humillaba. Los maestros nunca se metieron, porque claro, ese chico era el “galán”.

La madre siempre calló: el pequeño era el orgullo de su padre, y si su marido estaba feliz, no la botaría como a las otras mujeres. Al final, solo le quedaba sonreír.

Luego de que Magaly Solier tuviera la valentía de denunciar al mañoso del metropolitano, muchas mujeres se armaron de valor y siguieron el ejemplo, logrando que los medios de comunicación le prestaran atención a este problema cotidiano. En la actualidad existen muchas campañas ciudadanas que motivan a las mujeres a no quedarse calladas y exigen a las autoridades que sancionen a estos hombres que se creen con el derecho de violentar a una mujer. El silencio solo beneficia al victimario.

Lamentablemente, estos esfuerzos solo abordan un aspecto del problema. Y aquí se repite la discusión sobre si es más importante enseñar a las mujeres a protegerse o educar a los hombres para que no las violenten.

Pero cómo les hacemos entender a los hombres que no tiene el derecho de acercarse a una mujer ni decirle cosas sin su consentimiento, si desde pequeños son los mismos padres quienes alientan este tipo de conductas.

¿Cuándo dejaremos de reírnos nerviosamente cuando un niño se acerca a una niña o a una mujer de forma inapropiada y no lo veamos como “ocurrencias” o “travesuras”, con celebración incluida? Estas conductas no son un chiste, ni mucho menos un juego de niños. Es hora de enseñarles que el cuerpo de la mujer no es su propiedad.

El Ministerio de Educación debería tomar en serio la formación de los menores, para que no solo aprendan la tabla del 2. El objetivo base debe ser la formación de ciudadanos íntegros, que el respeto hacia el otro sea clave y los derechos humanos marquen la pauta. La criollada y la chacota no deben ser vistas como características divertidas de nuestra sociedad, sino como una alarma sobre la pobreza de valores en la que vivimos.

Es urgente que a las niñas se les recuerde que tienen el derecho de defenderse y de decir no. Pero más importante es que el Estado cree mecanismos que las protejan de forma real y oportuna.

Enseñemos a los niños a ser hombres de verdad; y a las niñas, que la risa debe ser destinada a la felicidad y no a convertirse en la máscara del machismo y la violencia.


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